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El día más bonito de mi vida

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Hace una semana dejaba todo de nuevo. Dejaba amigos, recuerdos, amor y lágrimas en el aeropuerto. El dolor de la segunda ida fue más duro que el de la primera. Ya me lo habían advertido. Sin embargo, llegar a este lugar, que me había albergado durante cinco meses, se sintió reconfortante. Me di cuenta que había extrañado muchas cosas, y personas. Sentí que volvía a casa.

Desde que me subí en el avión, no sé por qué, tuve el presentimiento de que todo sería distinto esta vez. Se sentó junto a mí un compatriota que volaba de regreso a su casa en New York, y platicamos mucho. Fue increíble pues pensaba el vuelo sería largo y aburrido. Pero no lo fue. Incluso ni en las seis horas que me vi obligada a permanecer dentro del avión por un retraso. Él y otras personas me ayudaron a hacer del momento algo ameno y finalmente, aunque perdí mi vuelo de conexión, esas personas permanecieron conmigo hasta el último momento en que pude programar un nuevo vuelo justo un día después. Los ángeles de Dios. Así los llamo yo. Personas que por la casualidad conoces, y te das cuenta que tienen mucho más en común contigo de lo que pensabas haber imaginado. Personas que no dicen no ante una emergencia (como la de buscar un lugar donde quedarte en una ciudad en la que nunca habías estado antes); personas que piensas haber perdido de vista en el aeropuerto, y de repente se cruzan frente a ti y te reconocen, entonces te ayudan a no caer duro en el concreto. Pensé “Algún día, espero Dios me permita, ser el ángel de alguien más.”

Esta semana, me inscribí como voluntaria en el Center for International Education de la universidad en la que estudio. Son ellos quienes se encargan de recibir a los estudiantes nuevos a la universidad, específicamente, estudiantes internacionales. Desde ayer lunes, el trabajo ha sido exhaustivo. Recibes a los estudiantes, les sonríes, les aclaras sus dudas, los guías hacia lugares que no conocen, les aconsejas sobre donde pueden vivir, o qué compañía telefónica pueden usar; te muestras amable (incluso cuando muchas veces no logras entender muy bien lo que necesitan, ya sea por sus acentos o por la timidez con la que hablan) y es entonces cuando piensas “wow, yo no hace mucho estuve en su lugar”, y el pensar eso es lo que te motiva a hacer lo que sea por ayudarlos y a apartar un poco de tu tiempo personal para dárselos, y sobre todo, a hacerles ver su valentía y coraje para emprender el viaje de sus vidas.

Nunca, en el poco tiempo que llevo aquí, pensé que yo llegaría a hacer eso con alguien. Si bien, al inscribirme como voluntaria, ya sabía a lo que iba, de igual forma me sentí muy nerviosa al respecto, y me pregunté “¿seré capaz de hacer esto?”. No fue sino hasta después de un fin de semana de lectura y introspección (con un poco de ayuda de arriba) que concluí “Sí puedo” y entonces, pude. La experiencia y el sabor de boca que deja el saber que le ayudas a alguien es algo que no podrá comprar nunca ni siquiera el hombre más millonario del planeta. Justo hoy conocí a una estudiante nueva de Bangladesh, su nombre es Sunjida. Ella, que se miraba llena de dudas y con el cansancio en la mirada, trató de hacer una pregunta a uno de los mentores voluntarios, lastimosamente él no la vio. Pero yo sí. Y cuando eso pasó, yo caminé hacia ella para ayudarle. Ella supo que quería ayudarla, sonrió e hizo su pregunta. En resumen, la ayudé en lo que pude. Luego, la perdí de vista pues tuvo que irse. Pero como la gracia divina es ciencia que nunca vamos a entender, la volví a encontrar en uno de los pasillos de los edificios más enredados del planeta (un lugar donde todo estudiante se pierde) justo ahí, yo que ni debía estar ahí pues nada más acompañaba a una amiga en una vuelta, la vi y cuando ella me vio corrió hacia mí. Pude reconocer la desesperación en su rostro, la necesidad de ayuda. Me preguntó cómo conseguía un documento que necesitaba, dónde podía vivir (la pobre incluso no sabía dónde estaba el baño) y yo no dudé en decirle “¿Sabes qué? yo te puedo ayudar, te llevaré donde necesitas ir, te enseñaré mi edificio de apartamentos por si quieres rentar ahí y por supuesto, te mostraré dónde está el baño,”   Una acción tan simple como esa me hizo entender que probablemente, justo en ese momento, para Sunjida yo fui un ángel. No, no es mi intención alardear de una buena acción, ni divinizarme. Mi intención es alardear de descubrir lo realmente bonito que es ayudar a alguien que sabes está como estuviste tú en un momento. Mi intención es alardear de entender cuál es verdaderamente la razón por la que uno existe. ¡Dios me cumplió! me permitió ayudar a alguien como me ayudaron a mí, y créanme no hay mejor sensación que esa, aunque haya sido un gesto pequeño, en ese momento para la persona que ayudas es algo grande. Estoy segura, algún día, ayudaré a muchas más personas en cosas mucho más grandes.

Es por eso que ahora todo aquí es muy diferente para mí ahora. Es como si una persona distinta es la que se bajó de ese avión en Saint Louis, una persona que está emprendiendo su viaje al éxito, que está descubriendo realmente quién es y cuál es el propósito de su vida, una persona que busca cumplir su sueño y ayudar a los demás a cumplir los suyos.

La Maga*

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De maletas y nuevas despedidas.

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Hace dos meses y unos cuantos días, tuve la oportunidad de regresar a mi país después de cinco largos meses que estuve en el extranjero estudiando mi maestría. Por supuesto para mí fue motivo de alegría, ya que me encontraba en un momento difícil en mi vida, donde no encontraba dirección, donde me había decepcionado de muchas personas y donde había tocado el fondo que jamás pensé tocar. Muchas personas no entienden mis motivos para invertir todas mis vacaciones de verano en este lugar. La mayoría habría preferido salir de viaje para conocer otros lugares, quedarse allá, o invertir el dinero en otro tipo de nimiedades. Pero yo no. Yo quería regresar aquí, yo necesitaba volver a mí.

Solamente Dios y yo, somos testigos de todo lo que yo pasé mientras estuve allá. La soledad puede ser algo que da mucha tranquilidad, pero a la vez es algo tan cruel como una enfermedad degenerativa. La soledad puede volverse tu peor enemiga y hacerte perder el norte. Pero ¿qué es la soledad? Muchas personas creen que la soledad es estar en un lugar, carente de compañía. Pero, me parece que esas personas tienen un concepto de soledad algo trivial, o es que realmente nunca la han experimentado. Para mí la soledad es llegar a un lugar, donde hay más de cien personas, y sentarme sola a almorzar. La soledad es vivir en un edificio de apartamentos, donde viven más de cincuenta personas distintas. y caminar por los pasillos sin siquiera cruzar un “Hola” o un “Buenos días”. Para mí soledad es llegar de la Universidad a tu casa y no escuchar un “¿Qué tal te fue?”. Es cocinar un platillo de comida delicioso, y saber que solo tú comerás de él.

Es difícil pensar que una mujer como yo, que veinticuatro años de su vida vivió con sus papás y sus cuatro hermanos, no encontrara este cambio de vida algo radical. No me pueden pedir que no extrañe. No me pueden pedir que no llore. Es imposible querer evitar que me queje, o que muchas veces me encierre en el baño de mi apartamento, mire al espejo y me diga a mi misma “Estás aquí porque así lo quisiste, debes resistir. Tú puedes hacerlo.” Tuve muchos momentos como éste en los últimos cinco meses.

Se puede decir que los últimos meses experimenté muchas más sensaciones de las que jamás experimenté en toda mi vida. Cumplí muchos sueños, tuve muchas satisfacciones, alegrías, conocí nuevas personas y me di cuenta de todo lo que yo era capaz de hacer. Pero también, probé lo amargo del fracaso, de la decepción, de la nostalgia por mi hogar y de la soledad. Es más por lo último que decidí tomar la oportunidad que se me presentaba y volar hacia aquí, hacia mi lugar favorito y feliz.

Yo siempre pensé que odiaba aquí. Pensé que odiaba el bullicio de las calles, la algarabía de las personas y de los vendedores ambulantes; las calles mal hechas, la contaminación, las bocinas de los autos, la gente manejando como loca, en fin. Pero cuando me vi sin todo eso, me sentí tan vacía como una vasija nueva. Al estar lejos de todo esto, me perdí. De repente me veía imitando otras cosas, adoptando nuevos hábitos, adaptándome a mi nuevo hábitat y dejando ir todo aquello que yo había sido toda mi vida. Y ¿les digo algo? No me gustó. No me gustó porque ya no era yo. Si bien estaba descubriendo partes de mí que no sabía que existían, también me estaba convirtiendo en alguien que no conocía. Y ese alguien no me agradaba. No era suficiente escuchar música en español mientras me duchaba, no era suficiente mantener la comunicación con mis seres queridos.  Simplemente yo ya no estaba.

Sé y estoy consciente que nadie entenderá realmente lo que sentí. Pero por eso, cuando vi la oportunidad de irme, la tomé. Yo vine aquí hambrienta, no sólo de la deliciosa comida de mi país, sino también hambrienta de Dios, hambrienta de amor y cariño, hambrienta de reconectarme con quien yo soy y que no me avergüenza para nada.

Hoy, a dos meses de estar aquí, puedo decir con plena confianza que lo logré. Logré recuperar eso que estaba perdiendo. Logré darme cuenta verdaderamente de quién soy y lo que quiero, logré valorar realmente a mi familia y a los amigos verdaderos que siempre están ahí para mí. No me arrepiento ni un segundo de haber venido porque también me di cuenta de a quien realmente mi corazón quiere. Que no es a un espejismo vacío que se me presentó como agua cristalina en aquel desierto, es a todo esto que tengo y todo esto por lo que mi corazón late fuerte. Es a él, que probablemente esté leyendo esto, a quien decidí confesarle con toda sinceridad lo que sentía y que aunque mi decisión haya arruinado las cosas, no me arrepiento y este amor por él, y por todas las personas de mi vida, es lo que hoy me mantiene firme y feliz, es lo que hoy me da las fuerzas para saber que dentro de siete días estaré abordando de nuevo ese avión que me llevará de regreso a aquel lugar. La única diferencia es que ya no tengo miedo.

Sé muy bien que me falta un largo camino por recorrer y que me falta crecer y madurar muchísimo como persona, pero tengo plena confianza en Dios que no me defraudará. porque yo quiero cambiar para ser mejor. Y aunque hoy, no pueda evitar que unas cuantas lágrima traidoras se asomen, me siento muy contenta de todo lo que hice en el tiempo que estuve aquí, aproveché al máximo a mi familia y mi país. Así que ¡vida! allá voy de nuevo.

La Maga*