bitacora

“Hacer para ser”, mi confesión.

12187806_10153295871603915_4781561591538462986_n

Hace varios días ya que la soledad que antes me parecía mortal es la misma que me ha hecho meditar sobre mi corta vida. Es aquella que antes me parecía traicionera, mala amiga y pesada, esa que hoy me hace verme a mí misma en retrospectiva y entonces puedo entender que a pesar de arrepentirme de ciertos errores, los cometí por una razón, una que Dios ya tenía planeada.

El error que más resalta es el que yo he llamado “hacer para ser”. Toda mi vida, desde que era una niña hice cosas para que la gente me aceptara. Para “ser” parte, para “ser” alguien. Me inventaba historias frente a mis amigas para parecer alguien “cool”, me inventé novios, viajes, anécdotas, y al parecer era bastante buena para pretender. Sólo era un juego. Bueno, eso fue lo que creí. Sin saber que ese “jueguito” de niña inocente sería lo que dictaminaría casi toda la vida que me seguía. Sin darme cuenta crecí siempre haciendo cosas para esperar aprobación de los demás. La obediencia para mí se convirtió en ley de vida, pero lo que pasaba era que yo no la estaba practicando de la forma correcta. Obedecía incluso esos actos que contrariaban mi verdadero yo, ser que sacrifiqué durante tanto tiempo que llegó un punto en que yo no tenía ni idea de quién yo era. Obedecer no es lo mismo que ceder, y yo estaba sumergida en una mezcla absurda de ambos, estaba empeñada en la tarea de ser siempre esa persona que a la gente le agradaba. Llegué incluso a negar a Dios y a mi fe frente a otros para “encajar”; me atribuía gustos musicales ajenos a mí, decía que había leído libros que ni por cerca había tenido, decía estar de acuerdo con cosas que no estaba de acuerdo y todo “por quedar bien”. 

La conclusión a la que he llegado sobre el por qué de esto es muy sencilla. Un necesidad de aceptación. Desde muy pequeña he luchado con problemas de autoestima muchos más graves de los que cualquiera se puede imaginar. No exagero. La verdad es que no voy a ahondar en explicar cómo la he pasado puesto es que eso sólo lo sabemos Dios y yo (y bien dicen que el verdadero carácter de una persona aflora cuando está sola), pero vale decir que la he pasado mal, y naturalmente, como cualquier adolescente, me pasé la mayor parte del tiempo detestándome a mí misma. Ahora entiendo que me detestaba porque en realidad no sabía ni lo que era. Después de pensamientos suicidas, depresión, obsesión con mi peso, etc., mi adolescencia se ahogó en un mar de pretensión exagerado. Afuera pretendía ser y actuar de una manera que no era la mía, porque me gustaba que la gente me dijera “qué niña tan sana”, “qué niña tan obediente”, “quisiera tener una hija como usted”; sin embargo no sabían que esa niña ejemplo, al encontrarse sola tenía pensamientos terribles sobre su vida y sobre los demás, era una niña que cargaba mucho resentimiento y era una niña que se refugiaba en hacer cosas a escondidas, en hablar más de los demás, en planear malos actos, y en desear que su vida hubiese sido otra y no esa. 

Y todo por querer encajar. Hay unas cuantas personas que sí habían conocido cuál era mi verdadero carácter. Entre mi familia y algunos selectos amigos que tuve y sigo teniendo, han habido muchos que se han confundido conmigo. Y muchas veces se han sorprendido porque me han visto hacer cosas que nunca pensaron que haría. Incluso hasta llegaron a pensar “pensé que la conocía” pero no era así. Y el problema era el siguiente ¿cómo era posible que los demás me conocieran si yo no me conocía a mí misma? y ahí estaba yo, siempre reclamándole a ellos mismos “ni me conocés, ni sabés lo que me gusta”, pero ¿cómo iban a saber si ni yo misma sabía?

Debo decir que muchas de las cosas que aún hago en mi vida se las debo a ese problema del “hacer para ser”, no ha sido del todo malo. A los 16 aprendí a tocar guitarra por un niño que me gustaba que también la tocaba. A los 12 años decidí que ya no podía seguir siendo mala estudiante para agradar a mis amigas y entonces decidí agradar a mis padres y me gradué con excelencia académica. A los 15 aprendí a maquillarme para agradar a un niño del colegio que me gustaba y también comencé a usar vestidos y faldas para agradar a la sociedad en general. A esa misma edad entré a la iglesia, rindiéndome ante la pelea contra mis padres sobre el por qué yo no quería ir. Pero ¿saben? Todas estas cosas aún las hago y de alguna forma u otra me han llevado hasta donde estoy, y ya forman parte de lo que sí soy. 

Mi problema siempre residió en que yo todas las cosas pensé que las hacía para agradarme a mí. Aunque al final algunas sí terminaron agradándome, hubo muchas otras que me hicieron sufrir. Pero por temor al rechazo continué haciéndolas y siendo una víctima silenciosa de la presión social.

Aún hace muy poco, me vi a mí misma haciendo cosas simplemente para agradar a los demás, e incluso hoy ya no tengo miedo y temor de confesar que esta maestría que estoy estudiando la estoy estudiando en gran parte por un deseo de satisfacer lo que los demás quieren ver en mí (digo en parte porque nadie me obligó, y yo sí la quería y luché por ella, pero los motivos que me movieron a soñar con ella, no eran los correctos quizás ¿me explico?) pensaba en cosas como “tal vez así sí me admiran”, “tal vez así sí se sienten orgullosos de mí”. Tampoco voy a ocultar que incluso hubo un motivo romántico (y muy iluso) detrás de todo esto “quizás si yo crezco profesionalmente entonces él si me pueda ver como alguien que vale la pena”, “quizás ahora sí esté a la altura para luchar por él”. No es sino al volver a mi pasado que me doy cuenta como tan pocas veces me preguntaron ¿Querés hacer eso? ¿Te gustaría hacer eso? y peor aún, cuan pocas veces me pregunté yo a mí misma ¿querés hacer esto? ¿te sentís cómoda haciendo esto?… Esta indiferencia de los demás y personal, han acarreado hechos a mi vida de los que no estoy orgullosa. Mucha gente pasó por encima mío en muchos niveles, tanto físico como emocional, y esta forma de actuar es quizás una debilidad que la gente logró ver de inmediato en mí y ha sido en ese momento cuando han decidido aprovecharse. La gente que me vio insegura e imposibilitada para tomar decisiones ya en mi vida adulta no se equivocaba al tener dudas sobre mí, y al ver en mí un grado de inmadurez, porque después de todo lo que yo había pasado, lo que quedó de mí y dentro mí era algo tan doloroso que yo lo reflejaba, y me estaba ganando la batalla espiritual. Porque en resumidas cuentas, lo que estaba fallando, era mi yo espiritual, un yo que no encontraba lugar dentro de mí. 

Bueno, eso ha dicho el pasado. Ahora, veamos qué dice el presente. Afortunadamente tengo un final feliz. 

Hoy me encuentro aquí, en mi apartamento, escribiendo desde mi ordenador esta confesión. ¿Por qué lo hago ahora? bueno, simple. Porque estoy lista para dejar esa persona atrás. Ya no más hipocresía  y ya no más vergüenza. Hoy con mucho orgullo puedo decir que por fin me di cuenta quien soy y qué es lo que quiero hacer con mi vida.

Soy una hija de Dios. Y todo lo que yo debo hacer es simplemente para agradarle a él, en primer lugar. A nadie más. Ya no me importa lo que digan los ateos, los incrédulos, y en general, los demás. Si esperaban leer algo muy científico, lamento decepcionarlos. Yo sí creo que hay un Dios que me pensó, y sin ánimos de proselitismo, digo lo que siento que debo decir en estos momentos. En segundo lugar, debo agradarme a mí. Y no señores, sé lo que muchos de ustedes están pensando, agradar a Dios y agradarme a mí no se contradicen. Porque todo lo que agrade a Dios me agrada a mí.

Ya no pienso escribir para que a la gente le guste lo que escribo, ni pienso hacer cosas para que la gente tenga buen concepto de mí. Y para que vean que este escrito no es puro bla bla ya empecé a actuar. Decidí aventarme y aplicar para hacer doble maestría y no sólo estudiar Español sino a la vez otro programa que fuera de mi completa elección y ¿adivinen qué? fui aceptada, muy a pesar de que sé hay mucha gente que no está contenta con esta decisión. También, ahora ante una invitación ya soy capaz de decir “No deseo ir, pero gracias por tomarme en cuenta”, ante un ofrecimiento de algo que atenta contra mi moral personal ya soy capaz de decir “No, gracias”.  Ante una persona que comienza a hablarme de una película ultra famosa pero que yo no he visto, ya soy capaz de decir “no la he visto, pero la veré”. Ya no invento historias para ser “parte de”, ya no me interesa. Por primera vez me encuentro haciendo cosas en mi vida que disfruto plenamente hacer sin miedo al que dirán y sin pensar en que me dijeron que no podría “uy no, mejor no tomo fotografías si yo soy mala”, “doble maestría ¿yo? uy no, si no soy capaz”, “vestirme así yo, uy no se van a burlar”, “admitir que me gusta esa película, uy no ¡placer culposo”. 

Espero que si alguien llega a leer este texto completo piense en el impacto que puede causar en una persona el que la obliguen a hacer cosas que no quiere, o el que la obliguen a dejar de hacer cosas que sí quiere, todo por encajar en “lo aceptable” de las circunstancias. Por lo menos, si van a tratar de imponerle algo alguien primero pregunten si está interesado o no en dicha cuestión, si dice que sí entonces explíquenselo, anímenle a que lo pruebe y que después decida si quiere incorporarlo en su vida o no. Porque créanme, duele esto de estar pretendiendo toda la vida ser alguien que no se es, y más cuando llega el momento de tomar decisiones que involucren sacrificar quienes somos, porque es difícil llegar a proteger o sacrificar algo que no tenemos la certeza de qué es. 

Todo lo que he pasado Dios lo permitió para que yo llegara a este momento. Y por eso, muy a pesar de está confesión, lo único de lo que realmente me arrepiento es de no haber sido fiel a mi misma cuando debí, pero ¡bah! ni eso debería importarme, puesto a que alf fin y al cabo haberme sido infiel en esos momentos, es lo que me ha dado escuela para la vida.

La Maga**

Anuncios
poesía

Dos estrellas

4171717053_b3d6154b4d Fotografía: Sonia RD

Quédate así

despierto,

en el frágil palpitar

de aquellos sueños.

¿Acaso habrá algo más celestial que dos ojos como esos?

Tan profundos

como este cielo.

Mejor déjalos abiertos.

Y no dejes que se olviden de mirarme

con esa mirada de “no quiero que te vayas”

una mirada que se lee,

como si leyeras este poema.

Incluso tu mirada

es mucho más larga,

está más plagada de figuras

que un soneto.

Unos cuantos segundos me miras

y desglosas un romance

que ahora se ha quedado

cantando mi voz…

Y me he quedado tarareándolo repetidamente,

es como hacerle cien mil agujeros al tiempo.

Es como estar danzando a pie descalzo en la arena

como martillar las voces,

como arrebatarle un respiro al silencio.

Tara-rara,

la melodía resuena.

Y de tus ojos se escucha,

a lo lejos

el cantar de una sirena.

La Maga*

bitacora

Días cruciales en mi vida

12025930_10153150434498017_800661744_o

fotografía: Mandi.

Estos son los días que trascienden. Días que tengo por seguro que recordaré para siempre.

Por primera vez me encuentro en un lugar en el que lo único que me sostiene es Dios, y lo tengo tan seguro porque estoy viviendo a la incertidumbre. Antes era muy común para mí responder preguntas como “¿Qué harás al graduarte? “¿Qué piensas hacer con tu vida?” Y ahora la frase en respuesta es un hermoso y seguro “No lo sé”, seguido de un “Dios sabrá”. No. No me estoy acomodando a la fe para justificar el no saber qué hacer con mi vida (como muchas catequesis del mundo quieren hacerme pensar), me estoy apegando a la verdad. Y la verdad es que no lo sé y nunca lo he sabido. Porque el único que sabe es Dios. Siempre será así.

Dios se ha encargado de darme tantas sorpresas a medida que pasa el tiempo. Y solamente en este año que transcurre se me han presentado tantas preguntas con sus respectivas respuestas. Y lo más hermoso de todo es que las respuestas no aparecen en forma de palabras, aparecen en forma de personas, de sonrisas, de abrazos y de lágrimas. Pero eso no implica que mi cabeza no siga llenándose de dudas. Mientras más dudas despejo, más me acerco a la verdad y pienso “¿Qué más irá a pasar?” y entonces aparecen más cosas que me confunden, que me sacuden, que me hacen descubrir en mí facetas que nunca había visto antes.y que me hacen acercarme más a quién realmente soy y quiero ser.

Y hoy entiendo que todos los días deben ser días cruciales. Todos los días deben ser días en que no lo sabemos todo porque no sabemos nada. Todos los días deberían ser días de salir y divertirse sin planearlo. Todos los días deberían ser días en que nos quedamos conversando hasta la medianoche, sin importar el mañana. Deberíamos ser más espontáneos y expresivos. Deberíamos aceptar que lo que nos pasa cuando vemos a esa persona y el corazón se nos detiene es atracción, pero que no importa si deja de atraernos mañana o si mañana  la atracción se convierte en amor. Por que no se puede estar cargando con un dolor que aún no ha pasado. De por sí es difícil cargar con el dolor de pasado ¿por qué cargar con el de un futuro que no sabemos si existirá?

La Maga*

poesía

Capricho

7E7

Fotografía Steve Richard

Cuídense,

De mí.

De mis tentáculos púrpura,

De esta hambre arrasadora de circunloquios,

De los caprichos de mi mente.

Porque tengo uno nuevo.

Éste es de paquete, recién salido del horno.

Se viste de bluejeans al cuerpo,

Camisas ceñidas

Gafas de esas que usan los intelectuales

Y la altura perfecta para este abrazo escondido.

Mi capricho tiene la sonrisa de Hércules,

El perfil del David de Miguel Ángel

Él es todo.

Pero…

Un tanto odioso es su andar,

Tiene una arrogancia animal, como la de un león.

Y está armado, a kilómetros percibo su espada

No debo saltar ese muro…

O la muerte será nuestra única opción.

La Maga**