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Escribiendo un poemario

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De nuevo ausente. Nada extraño en mí. Pero esta vez la razón es una de peso. He decidido darle una nueva oportunidad a mi yo competitivo y me he propuesto a escribir un poemario para someterlo a un concurso que se llevará a cabo en mi país. Por supuesto, las oportunidades de ganar son bastante limitadas, ya que conozco a algunos de mis contrincantes colegas y muchos de ellos ya han sido galardonados en otros concursos. Pero, la diversión no está en escribir solo para ganar, el goce está en ofrecer una propuesta de competencia sana y divertirnos diciendo que nos vamos a ir a los golpes, que el rin de las metáforas nos está esperando.

Por primera vez al participar en uno de estos concursos, estoy creando una colección de poemas totalmente nueva, salvo el caso de la inclusión de unos cuatro escritos que ya he publicado por aquí (a los que por supuesto les haré unos cambios). La tarea no ha sido fácil, como perfeccionista nata, cada poema que escribo es un ir y venir en edición. Pero es porque los quiero perfectos y como a mí me gustan. Los quiero auténticos, los quiero reales, que describan mi vida a lo largo de estos dos años y medio. Esa es también la razón por la que me he abstenido de publicar aquí, ya que estoy tratando de aprovechar cualquier idea nueva.

Si el poemario no llega a ser premiado compartiré algunos de los poemas por aquí, para que ustedes mis lectores fieles puedan también saborearlos, hacerlos, deshacerlos y comentarlos a su gusto. Si llegase a ocurrir el milagro también se enterarán, así que ¡a cruzar dedos conmigo!

Abrazos.

La Maga*

 

 

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bitacora, personal

Quise dar oportunidades

casas deshabitadas

Volver ha sido una de las cosas más conflictivas de mi vida. No pensé que sería así. Antes de regresar me envolvía cierta emoción por volver a mi país, a mi gente, a mis cosas, a mis tradiciones, a mi música. Aunque, semanas antes de la partida comencé a llenarme de dudas, de miedos y de sueños horribles que me recordaban las imágenes de aquel asalto-secuestro. Ya no quería volver. Y era tanto el pánico que empecé a buscar todos los medios posibles para quedarme, aún sabiendo que había prometido volver y no tenía nada que quedarme haciendo en ese país extranjero (que de alguna manera se había convertido en mi hogar). Pero no me quedé, agarré valor, hice mis maletas, vacié mi apartamento y le dije adiós a los amigos que en algún momento habían curado mis decepciones con risas y diversión.

El primer mes fue el más difícil. Lloraba todos los días, y los sueños con ese pueblo universitario se manifestaban a veces en sueños buenos, a veces en pesadillas que me hacían despertar llorando. No lograba acostumbrarme al bullicio, a la velocidad de la vida, a la poca educación de los encargados del transporte público. Poco a poco fui re-integrándome a todo gracias a que conseguí un empleo y comencé a conocer nuevas personas y a distraer mi mente en otras cosas. Sin embargo, los meses pasaban y no había un día en que esa partida no me doliera fuertemente, en que no sintiera que tenía una herida que no se me cerraba.

Los problemas laborales, familiares y personales, comenzaron a aparecer. Mi trabajo no me retribuía el esfuerzo que daba de la forma en que yo lo esperaba (no me pagaban y aparte de eso estaba dando clases de algo que no es para lo que había estudiado); mi familia pasaba por carencias económicas, por enfermedades; y cierta depresión comenzaba a apoderarse de mi mente y de mi cuerpo. Ya no amaba tanto la vida como lo hacía antes, ya no hacía ejercicio, no me interesaba salir y lo único en lo que me entretenía era en ver fotografías pasadas, de las viejas fiestas y de los viejos amigos.

Ha llegado la mitad del año y sigo sintiéndome igual. Por cuestiones legales aún no recibo ni un peso del trabajo hecho desde febrero. En mi familia las enfermedades siguen estando, van apareciendo algunas nuevas. Y la depresión ahí está, puedo sentirla. A veces logro callarla, pero muchas veces me abruma su discurso y termino dejándola hablar todo lo que quiera y atormentarme.

Pienso que irrevocablemente quise dar oportunidades a todo. A los pocos amigos que aún quedaban en mi país, al desorden de ciudad, al guardarme el celular en el sujetador por la criminalidad, al vivir de nuevo con mi familia; al trabajar en este sistema laboral, a los escenarios hermosos, a todo. Quise, sí. Pero todo esto me ha hecho muy infeliz. Los amigos se van yendo poco a poco, la ciudad no cambiará nunca su desorden, aunque me guarde el celular en el sujetador no estaré exenta de una violación o de saber que asesinaron a una persona a solo una cuadra de mi casa; ya es imposible vivir con mi familia sin sentirme incómoda; y el trabajo quizás me dará dinero pero no sé si valdrá la pena sucumbir ante la presión de “tener cosas”, como toda la demás gente tiene.

Es difícil responder a una pregunta como esa “¿Sos feliz?” yo generalmente me quedo pensativa unos momentos, pero siempre acabo respondiendo “Sí, eso creo.” Pero, el día de hoy, puedo decir sin el temor de equivocarme “No, no lo soy”.

No se puede ser feliz en medio de la frustración de no ejercer para lo que te preparaste, lo que te gusta. Lo hacés porque no tenés opción, necesitás dinero, necesitás ocuparte. No voy a negar que no he disfrutado cierta parte de esto. El interactuar con estudiantes, el conocerles y el poder servirles de algo, gratifica ¡claro que sí! Pero ¿Y yo? ¿Y lo que yo quiero y siento? A veces creo que para mí nunca nada será suficiente y entonces me preocupo ¿Qué es lo que necesito? En verdad no lo sé. Quiero ser positiva y decir que seré paciente y esperaré, pero cuando comienzo a ver que nada cambia y que mi humor se mantiene bajo en todo, pierdo las esperanzas.

Pero, ayer vi que hay una cierta luz que siempre aparece en medio de alguna rendija, de alguna puerta vieja y podrida. Creo que comienzo a verla, es muy pequeña pero empieza a mover cada fibra de mi ser y de mi cuerpo. Y es cuando debo agradecer porque está esa luz apareciendo por ahí. Muchas personas ya no tienen opciones, y yo sí tengo opciones. Quería hacer la vista gorda a las opciones pero no puedo seguir haciéndolo. O es esto, o moriré. Porque una vez que se voló ya no se puede volver al suelo, porque el suelo es muerte, es sólo silencio. Necesito esa luz, necesito aferrarme a algo para seguir.

Si esa luz llegase a nublar mi vista se los haré saber a todos, créanme. Pero por los momentos lo único que puedo seguir haciendo es escribir y esperar….siempre esperar.

Sara Rico

La Maga**